Jura y bendición de la Bandera: la independencia que Belgrano declaró en Jujuy

Jura de la Bandera Nacional (cuadro de Servi).

Por Irene Ballatore de la Redacción de El Libertario. El Éxodo es la epopeya más importante de los jujeños pero la primera jura y bendición de la bandera nacional, que tuvo lugar el 25 de mayo de 1812 en la plaza de Jujuy, es un hito de la historia nacional apenas recordado en nuestro tiempo, aunque anticipó, cuatro años antes que el Congreso de Tucumán, la declaración de independencia.

Ninguna referencia histórica lo destaca, pero la plaza principal de San Salvador de Jujuy fue el lugar elegido por el general Manuel Belgrano el 25 de mayo de 1812 para dar testimonio de la decisión independentista en el momento más crítico de la revolución que condujo a la ruptura con España y al surgimiento de un nuevo país.

Recién llegado a Jujuy con la misión de salvar lo poco que había quedado del Ejército Auxiliar del Perú después de la derrota de Huaqui, Belgrano había podido corroborar a lo largo de su viaje desde el Rosario que el entusiasmo de los primeros tiempos había sido reemplazado por la decepción y el “odio mortal” a los políticos de Buenos Aires que habían sumido en la guerra a los pueblos del interior para luego dejarlos librados a su suerte.

En el año XII, la suerte de la Revolución de Mayo pendía de un débil hilo. Los ejércitos del rey sometían las rebeliones patriotas del Alto Perú y la dramática caída de Cochabamba preanunciaba un inminente y sangriento avance hacia el sur en busca de las derruidas tropas del gobierno insurgente de Buenos Aires, hambrientas, andrajosas y desmoralizadas.

Los abusos y errores de los dirigentes que habían actuado en la zona durante las campañas militares de 1810-1811 habían dejado una mala impresión en los pueblos norteños, ya seriamente perjudicados por la interrupción a causa de la guerra del comercio con los mercados altoperuanos, que era sustento de su vida económica.

El movimiento revolucionario, inducido por la compleja situación internacional y el juego ambivalente de Inglaterra con las colonias españolas, todavía se hacía a nombre del rey Fernando VII, cautivo de Napoleón, lo que llenaba de perplejidad a comunidades que contemplaban con consternación el apresamiento del monarca por los franceses, el vacío de poder que esa situación había generado tanto en España como en América y la aparición de ejércitos que decían actuar en defensa de los derechos del rey Fernando pero que guerreaban contra tropas comandadas por funcionarios de la corona.

Con ese clima se encontró Manuel Belgrano en la Jujuy de 1812, pero lejos de esquivarle al bulto, encaró con una energía asombrosa la reorganización de las diezmadas fuerzas patriotas, mientras desde la palabra y el ejemplo predicaba la justicia de la causa revolucionaria contra la tiranía española.

Son numerosas las cartas que dirige a Buenos Aires solicitando dinero para sostener los gastos militares y de ese modo evitar sangrar a las poblaciones, como también advirtiendo que no es posible retirarse y abandonar la gente a la represalia realista como algún jerarca, sin tener idea de la realidad, pretendía desde Buenos Aires.

Al tiempo que convierte a la ciudad de Jujuy en un gran cuartel, impone disciplina a la tropa demostrando su preocupación por proteger a los civiles de los abusos que tanto habían desprestigiado a la Revolución. Es, además, un ferviente católico y así lo muestra  cada vez que tiene oportunidad. Con él, no correrán las acusaciones de ateísmo que se habían ganado algunos de sus compañeros y que los realistas utilizaban eficazmente como bandera contra los insurgentes.

Así llega la conmemoración del segundo año del grito de Mayo y Manuel Belgrano, convencido de la necesidad de conseguir la adhesión de las gentes al movimiento revolucionario a las que –dice- encuentra frías e indiferentes, dispone celebrar la fecha con la máxima solemnidad y brillo.

Por las comunicaciones al gobierno central del propio Belgrano y del teniente gobernador de Jujuy, Francisco Pico, se conocen con bastante detalle estos actos que encierran un profundo significado para la historia de las luchas por la independencia y respecto de la formación de la identidad nacional argentina y los símbolos que nos representan como país independiente.

La ceremonia comenzó en las primeras horas del 25 de mayo de 1812. El barón de Holmberg, militar austríaco puesto al servicio de las armas patriotas, salió de la posada donde se alojaba Manuel Belgrano, que se cree estaba ubicada en la actual esquina de Belgrano y Senador Pérez, donde funciona el Registro Civil. Acompañado por las tropas, Holmberg llevaba la bandera que fue saludada con una salva de quince cañonazos. La comitiva se dirigió al Cabildo, en cuyos balcones el barón procedió a enarbolarla, ante exclamaciones de la multitud.

Luego, en la Iglesia Matriz y con la presencia de funcionarios, efectivos militares y vecinos se celebró una misa con tedeum y a su finalización, Belgrano mandó a traer la enseña y tomándola por el asta, se la presentó al canónigo Juan Ignacio de Gorriti, quien la bendijo solemnemente para luego pronunciar desde el púlpito una oración alusiva, con lo cual el poder religioso, que según la creencia de la época mandaba en todo el orbe, avalaba el nacimiento del nuevo país.

Después de la bendición, Belgrano entregó la bandera a Holmberg para que la regresara a los balcones del Cabildo, mientras los cañones repetían las salvas. Por la tarde en la plaza, tuvo lugar la ceremonia militar. Allí se formó el ejército y el jefe se dirigió al Cabildo siendo recibido por las autoridades locales; en persona retiró la bandera y se trasladó al centro de la plaza desde donde formuló una proclama a las tropas que constituye toda una declaración de independencia al presentar a ese paño como la insignia que “os distingue de las demás naciones del globo”.

“Soldados de la Patria, no olvidéis jamás –les dice luego- que nuestra obra es de Dios; que él nos ha concedido esta bandera, que nos manda que la sostengamos, y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y decoro que corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros conciudadanos, todos, todos, fijan  en vosotros la vista y deciden que a vosotros es a quienes corresponderá todo su reconocimiento  si continuáis en el camino de la gloria que os habéis abierto. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid: ¡Viva la Patria!”

Los militares prestaron el juramento y los vecinos se asociaron a las expresiones, mientras la artillería hacía tronar los cañones. Pero la celebración no terminó allí. En medio de aclamaciones y vivas, Belgrano regresó a la casa donde se alojaba llevando él mismo la bandera y acompañado por el pueblo; en la puerta hizo formar a los soldados y entonces pasó por la cabeza de ellos la divisa recién bendecida y jurada.

Constituye un enigma de la historia argentina cuál era el diseño de aquella primera enseña. Hasta el momento, sólo hay acuerdo de los historiadores en cuanto a que sus colores fueron el blanco y el celeste, pues así lo indica el creador en sus comunicaciones oficiales. Los testimonios de la época con frecuencia se contradicen respecto a la disposición de estos colores, pero una teoría bastante aceptada la describe como de dos franjas, blanca en la parte superior y celeste en la zona inferior, pero esa es otra historia.

La primera bendición y jura de la bandera nacional, hito que se recuerda poco en Jujuy y casi nada en el resto del país, fue condenada por el gobierno de Buenos Aires, el que escandalizado por “tamaño desorden” amonestó en términos durísimos a Belgrano, ordenándole “deshacer” aquel lábaro. Entendían las autoridades que asunto tan sensible como crear una bandera sin autorización del Gobierno, constituía una desobediencia y un menoscabo a su autoridad, pero no toda la verdad estaba dicha en esas líneas plagadas de ofuscación y amenazas. Las incertidumbres de la política internacional y los compromisos con Inglaterra, que en un doble juego vendía armas y hacía negocios con los “insurrectos” del Río de la Plata mientras se solidarizaba con el rey de España Fernando preso por Napoleón, habían llevado al gobierno criollo a una ambivalencia en la que no podían caber hombres auténticos como Belgrano.

No obstante, los impactantes e inesperados triunfos de Tucumán y Salta después del Éxodo, en poco tiempo habrían de descolocar la política porteña de la “Máscara de Fernando” y reivindicar la fe en la nueva nación que Belgrano había sostenido durante los peores momentos de decepción y dudas que hubo de transitar la causa de la emancipación para sobrevivir e imponerse. Ese es quizás el valor más grande que encierra aquel memorable 25 de mayo de 1812 en Jujuy, momento en que los hijos de esta tierra empezaron a comprender que se estaba frente a un gigantesco desafío: romper con lo viejo y gobernarnos por nosotros mismos.