Hace 70 años en Zapla, con la primera colada de arrabio nacía la siderurgia nacional

El general Manuel Nicolás Savio enciende el primer alto horno de Zapla, septiembre de 1945.

El descubrimiento accidental de yacimientos de hierro en las serranías de Zapla en 1939 -un mineral que se creía no existía en la Argentina- fue punto de partida de una industria que transformó para siempre a la Provincia de Jujuy y que abrió las puertas de la siderurgia nacional.

Eran tiempos de la segunda Guerra Mundial. Aunque Argentina no participaba del conflicto, no podría sustraerse de sus consecuencias. Uno de los principales problemas fue el país había perdido la provisión de acero que le llegaba de las naciones productoras, entonces trabadas en la descomunal lucha.

Muy lejos de los exuberantes serranías de Zapla donde se encontraba el mineral de hierro, en Buenos Aires, por inspiración de un patriota aún no reconocido con justicia, el general Manuel Nicolás Savio, se creaba la Dirección General de Fabricaciones Militares, organismo al que se le encomendó en 1941 el desarrollo de exploraciones y explotaciones de cobre, hierro, manganeso, aluminio y otros minerales estratégicos con el objeto de generar manufacturas de materiales de guerra y otras destinadas al consumo general. Era el momento de romper la dependencia industrial con los países desarrollados y esa fue la preclara visión de Savio.

Tras conocerse el asombroso hallazgo de Jujuy, en 1942, el geólogo Luciano Catalano, enviado por Fabricaciones Militares a Jujuy, realizaba una exhaustiva investigación en la zona del cerro Zapla que permitió corroborar que se trataba de un extenso yacimiento de hierro cuyas reservas se estimaron en más de 40 millones de toneladas de mineral de hierro.

El primer paso fue abrir una boca mina y esa primera galería fue bautizada con el nombre de “9 de Octubre”, fecha de creación de la Dirección General de Fabricaciones Militares. Centenares de trabajadores argentinos y bolivianos, cavando y apuntalando sobre una longitud de 500 metros, abrieron camino en el interior de la montaña en lo que constituyó una verdadera hazaña ya que las labores se hicieron sólo con barretas y martillos. Para trasladar el mineral desde la nueva mina hasta Palpalá, se construyó una doble línea de cablecarril de 12 kilómetros de extensión, que dada la gran escasez de materiales en el país, se realizó soldando hábilmente tramos hallados en una mina abandonada de La Rioja.

El 23 de enero de 1943 se creaba por decreto nacional el establecimiento Altos Hornos Zapla y en ese mismo año se terminaba el proyecto y los trámites necesarios para la construcción de la planta siderúrgica, que funcionaría con el abastecimiento de mineral palpaleño.

La construcción de la planta piloto de Zapla se realizó en dos años, entre 1943 y 1944, con la participación de técnicos alemanes que fueron convocados para dirigir la obra. El 20 de septiembre de 1945, el propio general Savio procede a encender el primer alto horno de fundición de arrabio y el 11 de octubre se produce la primera colada de arrabio cien por ciento argentino. “Allá en Jujuy, en un pueblito lejano, un chorro brillante de hierro ilumina el camino de Argentina. Que su luz no se apague nunca, ¡Sigamos su luz!”, escribe el general Savio cuando comunica a Fabricaciones Militares el feliz suceso.

Los años siguientes son de expansión. La Mina 9 de Octubre, bautizada así en homenaje a la creación de Fabricaciones Militares, amplía sus labores extractivas. Se crea el “Centro Mina”, donde se levantan viviendas para los trabajadores, una escuela, una capilla, un cine teatro y otras dependencias. Lo mismo en Puesto Viejo, donde pasa a funcionar otro de los centros productivos de Zapla. También se constituye el Centro Forestal para abastecer de carbón vegetal los requerimientos de los Altos Hornos. Este propósito da lugar a un gigantesco operativo de forestación de eucaliptus en una superficie de 18 mil hectáreas, que hacia 1970, se estiman en 25 millones de plantas.

Este esquema permite a Zapla realizar un proceso siderúrgico integral en un ciclo completo de autoabastecimiento, partiendo del mineral hasta llegar al acero. Para 1964, se corona este proyecto con la habilitación de las plantas de Acería y Laminación del centro siderúrgico de Palpalá. Tres años después, se opera la ampliación y conclusión de un tren de laminado fino para aceros, una nueva usina térmica y un nuevo alto horno para fundición de arrabio de 250 toneladas diarias.

El “pueblito lejano”, al influjo de estas transformaciones, se convierte en una ciudad populosa. De los 300 habitantes que estima había en 1950, se pasa a más de 18 mil al llegar la década de los setenta, lo que la hace el tercer conglomerado poblacional de importancia en la Provincia.

Entre los años 70 y 80, la baja ley del mineral de hierro con que trabaja Zapla plantea una ineludible ecuación económica desfavorable. El establecimiento comienza a tener serias dificultades para sostener su producción importando mineral de hierro de buena ley de Brasil y Chile, a lo que se suman los problemas de la economía del país.

Hacia 1983, desde los niveles oficiales se escuchan las primeras voces señalando la necesidad de privatizar la acería palpaleña debido a su falta de rentabilidad, proceso que culminará con el traspaso a manos privadas en 1992 en el marco de la política de achicamiento del Estado instrumentada por el gobierno del presidente Carlos Menem. Por otro lado, la necesidad de recortar el poder militar fue el motivo político de los primeros gobiernos democráticos para eliminar las empresas de Fabricaciones Militares.

Con su principal fuente de trabajo reducida en forma brutal, Palpalá pasó de próspera ciudad industrial a bolsón de desocupación y pobreza que las mediciones estadísticas de la época situaron como las más elevadas a nivel nacional. A partir de ese momento, el desafío de los palpaleños fue reconvertirse y buscar un nuevo lugar en la vida económica de Jujuy, camino que siguen transitando con logros y deudas.

Irene Ballatore de la Redacción de El Libertario.