Combate de Puesto del Marqués: colonia o patria soberana

Puesto del Marqués, Jujuy.

El 14 de abril del año 1815 se libró en la Puna jujeña el combate de Puesto del Marqués, que abrió camino a la tercera y última campaña de los ejércitos patriotas al Alto Perú.

En la acción, una fuerza conformada por efectivos del Ejército Auxiliar del Perú, junto a milicias gauchas de Jujuy y Salta, aplastó a un escuadrón realista de 300 hombres al mando del coronel español Pablo Vigil estacionados en el pequeño poblado de Puesto Grande del Marqués.
Además de las implicancias militares, la victoria del 14 de abril de 1815 puso de manifiesto que los pueblos de Jujuy y Salta no estaban dispuestos a aceptar negociaciones maquinadas en despachos oficiales de Buenos Aires que comprometieran la lucha por la independencia y la defensa de territorio hasta las últimas consecuencias.

El triunfo llegó en una encrucijada para el Río de la Plata. La conducción política de las Provincias Unidas, bajo el control de Carlos de Alvear, claudicaba de la causa libertaria ante el regreso al trono del rey Fernando VII y las noticias sobre el envío de una gran expedición desde España destinada a restituir, sin ahorro de sangre, las colonias al dominio real.

Puesto del Marqués - Fernando VII.

Fernando VII.

En el plano interno, a los enfrentamientos entre el gobierno porteño y el caudillo oriental José Artigas, había que sumar que el proyecto de Alvear de instaurar una dictadura centralista y el intento de conciliación con Fernando VII ganaba fuertes rechazos en las provincias y en el propio ejército, que en diciembre de 1814 estando estacionado en Jujuy, se sublevó desconociendo la autoridad del director supremo Gervasio de Posadas que había dispuesto reemplazar al general José Rondeau por Alvear en la jefatura de la fuerza. Justificando el alzamiento, los oficiales decían en un pronunciamiento que habían actuado ante “los progresos de la intriga, de la subversión y del desorden de que se hallaba amenazado” el cuerpo militar, “próximo quizá a una completa y la más dolorosa resolución”. El manifiesto también denunciaba “combinaciones clandestinas contra el sagrado objeto de la gran causa que, a costa de tanta sangre y sacrificios, hemos sostenido y sostenemos con honor…”. Revelaba asimismo que el Gobierno de Buenos Aires había destituido sin causa a jefes beneméritos del ejército y ascendido a otros sin cualidades. Una de las denuncias más graves era el restablecimiento de las banderas españolas en varios regimientos y la “peligrosa incorporación entre las legiones de la Patria de un considerable número de españoles europeos, prisioneros tomados en Montevideo, […] los cuales con la mayor desvergüenza manifiestan en sus conversaciones privadas su obstinada adhesión a la causa de su metrópoli y su natural deseo de abandonarnos en el primer conflicto para aumentar el número de nuestros irreconciliables enemigos…”.

En el exterior, la política de Posadas y de Carlos de Alvear después, había buscado infructuosamente una fórmula cuando menos contemporizadora con el recién restituido rey, pero pronto se vio que la corona española, más absolutista que nunca, no estaba dispuesta a perdonar las revoluciones en las colonias. Un fulminante bando de Fernando VII decía que “todos los cabecillas serán pasados por las armas sin darles más tiempo que el preciso para morir cristianamente”. Y ante el fracaso de esta política de acercamiento con la monarquía española, el impetuoso Alvear golpearía las puertas del trono británico en busca de un protectorado, asegurando que “estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso”.

A comienzos de 1815 en Suramérica, sólo la revolución del Río de la Plata había logrado sobrevivir a la reacción realista. Chile había sido recuperado por el general español Mariano Osorio y el Alto Perú, si bien era escenario de una intensa insurgencia revolucionaria, estaba bajo control de las fuerzas del Rey desde que el general Manuel Belgrano sufriera en 1813 las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. En 1814, José de San Martín había encomendado a Martín Miguel de Güemes frenar el avance realista con sus huestes de gauchos jujeños y salteños, que obligaron al general Joaquín de la Pezuela a una vergonzosa retirada de Salta y Jujuy, pero a comienzos del año 15, La Quiaca, Yavi y Rinconada sufrían nuevamente las incursiones de la vanguardia realista.

El general José Rondeau, nombrado en reemplazo de San Martín, estaba al mando del ejército patriota cuando estos hechos ocurrían. El nuevo jefe carecía de firmeza para imponer el orden y la disciplina a sus subalternos, a lo que se agregaron problemas políticos que agravaron la situación, como las represalias de Alvear contra los regimientos que se habían negado a aceptarlo como jefe en la rebelión de diciembre del 14.

Para peor, pronto se suscitarían serias diferencias con Martín Miguel de Güemes, cuya resolución y autonomía molestaban no sólo al general en jefe sino a las autoridades del Directorio, que veían en él a un nuevo Artigas. Varios documentos de la época dan cuenta de conflictos entre el caudillo salteño y los jefes porteños e incluso del intento de “hacerlo bajar” a Buenos Aires para desvincularlo de las milicias gauchas que comandaba.

A principios de enero de 1815, mientras Alvear asumía como director supremo en reemplazo de su tío Posadas, el general Rondeau avanzó por la Quebrada de Humahuaca en busca de enemigo, trasladando su cuartel general a Huacalera y en febrero reemplazó a Güemes por el coronel Martín Rodríguez en la vanguardia. Así, el caudillo que había expulsado a Pezuela en la invasión de 1814 sin más fuerza que los gauchos, quedaba separado del Ejército Auxiliar del Perú y pasaba a ser “coronel comandante del Cuerpo Militar de Paisanos de la Campaña de la Provincia de Salta”.

En medio de estas agitaciones, un polémico hecho protagonizado en febrero de 1815 por el coronel Martín Rodríguez vino a despertar las peores sospechas. En un acto de grave negligencia o como parte de una maniobra inconfesable según lo sugieren los hechos posteriores, Rodríguez se adelantó desde Humahuaca hacia la hacienda de El Tejar y a causa de haber acampado sin tomar medidas de seguridad, fue sorprendido por un escuadrón realista y tomado prisionero junto a otros efectivos. Conducido a Santiago de Cotagaita, donde tenía su cuartel Pezuela, Rodríguez se las arregló para hablar con el brigadier español y entablar negociaciones para el cese de las hostilidades, lo que según algunos historiadores no era otra cosa que una conspiración de la que también habría sido parte Rondeau, para entregar los intereses de las Provincias Unidas al poder realista.

Alimentaba las desconfianzas de los sinceros partidarios de la independencia, la lentitud de los movimientos de Rondeau aún cuando se sabía que Pezuela –dice el historiador Emilio Bidondo- no estaba preparado para responder un ataque enemigo debido al desgranamiento de sus tropas, que habían tenido que salir a sofocar numerosas insurrecciones como la del cacique Pumacahua en el Cuzco y otras de los incansables patriotas altoperuanos, sin contar el complot del coronel salteño Saturnino Castro, gran espada al servicio de la corona, que había tramado pasar sus hombres al bando patriota.

Pero el “amansamiento” de las fuerzas patriotas debe leerse en un contexto más amplio. Correspondencia entre Rondeau y el director supremo Posadas en agosto y septiembre de 1814, daba cuenta que el propio gobierno de las Provincias Unidas había ordenado “en ningún caso” avanzar más allá de la ciudad de Salta. El historiador Luis Güemes en su obra “Güemes documentado”, escribe que aquella orden “inoportuna y nefasta” del Gobierno a Rondeau “por la cual se desaprovechaba lastimosamente la magnífica ocasión de alcanzar en forma inmediata un triunfo decisivo para la independencia americana, fue consecuencia directa de negociaciones diplomáticas que se venían desarrollando de un tiempo atrás. Resultó epílogo de ellas el oficio del 9 de noviembre de 1814, destinado a Pezuela en el que el director Posadas, confiando en el ‘corazón paternal’ de Fernando VII y la ‘feliz entrada del monarca al trono de sus padres’, le proponía la conclusión de la guerra o cuando menos un armisticio con la evacuación militar por parte de Lima en todo el territorio situado al sur del Desaguadero”.

En su autobiografía, el general Rondeau revela en tono de crítica que “se trabajaba con interés y decisión por aquel tiempo sobre un cambio político de administración” y que “se pensaba nada menos que en retrogradar sumiendo otra vez a estos países de América bajo el sistema colonial”, de lo que –decía- lo había informado el director supremo Posadas en una carta reservada.

Pero no sólo eso. Rondeau también nos habla de la desesperante situación que atravesaba la tropa a fines de 1814 y comienzos de 1815 debido a la falta de recursos y destaca que durante el tiempo que estuvo estacionada en la región, los pueblos de Jujuy y Salta habían alimentado a los soldados y aportado dinero para sus pagas, ya que el gobierno central nada le mandaba para su sostenimiento.

Hacia Puesto Grande

Mientras alentaba a los patriotas altoperuanos a mantener y acrecentar los ataques a las fuerzas realistas, a principios de febrero el general Rondeau se situó en una hacienda del Marqués de Yavi en Humahuaca. Según dice en sus memorias, había ordenado construir “un reducto en la quebrada de Tilcara y en lo más estrecho de este paso en que dejé montadas seis piezas de artillería de a ocho, en precaución de una retirada, no obstante era lo menos en que pensaba pero el punto era a propósito y tenía sobrantes esos cañones….”.

Agrega que “desde Humahuaca puede decirse que se abrió la campaña porque las guerrillas del ejército enemigo que tenía su vanguardia en un paraje nombrado La Quiaca, distante ocho leguas, se encontraban casi diariamente con las del ejército a mi mando y se tiroteaban…”.

Las fuerzas patriotas sumaban unos 4500 hombres, incluyendo a los gauchos comandados por Güemes. Por una carta del coronel Agustín Dávila a Martín Torino, fechada en Jujuy el 3 de marzo de 1815, se sabe que esas milicias estaban conformadas por mil hombres, de los cuales 500 procedían de Salta, 200 de Jujuy y 300 que venían de la frontera al mando del jujeño José Francisco “Pachi Gorriti”. Estos hombres, dice Dávila, marcharon hacia la Puna el 2 de marzo e iban con “bastante caballada de remuda y herrada. Sé que la gente está ansiosa por acción, que ha parado la deserción y por todo esto tengo suma confianza”, agregaba. Los datos aportados por el coronel Dávila son significativos pues para alguna historiografía regional que invisibiliza a Jujuy, los logros de la Guerra de la Independencia en esta etapa fueron de excluyente protagonismo salteño.

Puesto del Marqués - Martín Miguel de Güemes.

Martín Miguel de Güemes.

Con poco más de 2000 mil hombres a sus inmediatas órdenes, Pezuela, deseoso de una tregua a la espera de refuerzos prometidos y convencido del buen curso de las negociaciones de “pacificación” entabladas con Martín Rodríguez dio por hecha la suspensión de hostilidades por ocho días “término señalado para que Rondeau contestara definitivamente sobre las bases preliminares de un acomodamiento”. De allí que la vanguardia realista no esperara ser atacada cuando a comienzos de abril un escuadrón de cazadores con trescientos hombres al mando del coronel Pablo Vigil se adelantó desde Yavi hacia Puesto del Marqués, caserío así llamado por ser un fundo de Juan José Fernández Campero, el “Marqués” de Yavi.

Luego del incidente de El Tejar, los patriotas se mantuvieron en Huacalera hasta el 2 de abril, fecha en que marcharon hacia Humahuaca , donde se recibió la noticia del avance de Vigil y se decidió el ataque.

Al general patriota Francisco Fernández de la Cruz se le encomendó una fuerza de vanguardia compuesta por 500 hombres de línea, más las milicias de Güemes, que con la intención de caer por sorpresa sobre el regimiento de Vigil, marcharon toda la noche en dirección a Puesto Grande, divisando el caserío al amanecer del 14 de abril de 1815. Las tropas virreinales descansaban plácidamente cuando sobre ellas se dio el ataque, que les dejó como saldo la muerte de más de cien efectivos y más de un centenar de prisioneros. Armas, municiones, equipajes y animales fueron tomados por los patriotas, que sólo tuvieron un puñado de heridos, entre ellos el jujeño José Mariano Iturbe.

En su parte del combate, fechado en Caracara el 15 de abril de 1815, Fernández de la Cruz dice:
“Habiendo llegado el 13 [de abril] a las 9 de la noche a casa de Diego Cala, fui informado por los bomberos que el Regimiento de Cazadores Montados del enemigo al mando de su coronel D. Pablo Vigil, que se hallaba en el Puesto Grande de Marqués, había sido reforzado por 300 hombres que vinieron de Cangrejos, con cuya noticia me propuse atacarlos o sorprenderlos; a éste efecto ordené que el Batallón de Cazadores fuese conducido a la grupa por los Granaderos a Caballo, Dragones y gauchos, hasta llegar a una legua del enemigo, lo que se logró sin ser sentidos: aquí dispuse las divisiones en el orden en que debían atacar, a saber, granaderos a caballo a la derecha, cazadores al centro y los dragones y gauchos a la izquierda; dejando un cuerpo de reserva a la retaguardia, y marchando en columna así, me hallé al ser ya de día a un cuarto de legua de los enemigos: de esta distancia mandé saliesen dos divisiones de gauchos a tomarles la retaguardia, y seguí de frente con las demás tropas: fuimos sentidos mucho antes de llegar a la casa y habiendo ellos roto un fuego vivo parapetados de los corrales, mandé avanzar los granaderos, dragones y el resto de los gauchos, llevando los segundos a ancas una guerrilla fuerte de cazadores; pero el enemigo que a precaución había dormido con los caballos ensillados huyó en el momento aunque sin dejar de continuar con mucha actividad al fuego, y como estuviese más impuesto de los pasos de un arroyo casi intransitable que corre al frente e izquierda de la casa; pudo lograr escaparse y ganar mucho terreno hacia Cangrejos; más a pesar de esta ventaja fue tanto el empeño con el que se persiguió que en el espacio de tres leguas sólo pudieron escapar el comandante Vigil y el capitán Valle, con más de un negro soldado; se contaron muertos en el campo 105 entre ellos un teniente coronel y tres oficiales más; prisioneros, un teniente coronel, un capitán, dos tenientes, un portaguión y 117 soldados; han quedado en nuestro poder sus equipajes, papeles, todas sus armas, monturas, caballos y también los dos guiones; por conclusión nada han salvado, siendo la perdida por nuestra parte sólo de cinco heridos que han hallado después a más de los dos que avisé a VS en mi parte anterior.

No puedo elogiar bastante el ardimiento y valor con que los jefes, oficiales y tropa se comportaron así en el avance, como en el perseguir al enemigo; los valientes gauchos con su jefe y oficialidad son tan recomendables y fue tanta su bizarría que nada tuvieron que envidiar a las tropas más aguerridas. Estos solos no han sido los resultados de la victoria: los enemigos que se hallaban en los puestos de Cangrejos y Cangrejillos con una fuerza de 900 hombres y a quienes según mi plan debía atacar después del primer golpe (lo que no pude verificar por haberse cansado en extremo las cabalgaduras en la persecución del enemigo) huyeron con tanta precipitación y aturdimiento a la primera noticia que según las de varios pasados se le desertaron sobre doscientos hombres habiendo herido a un oficial que quiso contenerlos. El resto de la vanguardia que se hallaba en Yavi al mando del mayor general [Olañeta] salió en fuga esa misma noche por el escabroso camino de la Cuesta de la Culebra y en ella se les escaparon en Sococha 153 de nuestros prisioneros de Ayohúma los que habían traído presos para trabajar trincheras en Cangrejos, sin que quedase uno solo con más siete alcaldes de naturales que tenían puestos en capillas para pasarlos por las armas. Crea vuestra señoría que si no es el estar tan rendidos los caballos este mismo día hubiera concluido con toda la vanguardia enemiga sin que hubiese salvado un solo hombre que llevase la noticia a su general Pezuela que se halla en Santiago de Cotagaita…”.

El general José María Paz, que combatió en Puesto del Marqués, realiza en las “Memorias Póstumas” una vívida descripción de lo ocurrido: “El enemigo estaba en el más completo descuido y sin más precaución que una guardia avanzada a algunas cuadras de la casa en donde estaban alojados los jefes. Su seguridad era tanto mayor cuanto dos o tres días antes había marchado un parlamentario, que yendo por el otro camino, desencontró a nuestro ejército y tuvo que venir por nuestra espalda al día siguiente del suceso que voy a referir. Se consideraban tan fuera de peligro que había afluido una concurrencia prodigiosa de vivanderos, haciendo abundar los comestibles y aun los artículos de regalo. Cuando entramos a su campo, lo hallamos atestado de licores, chocolate, dulces, pan, bizcochos, frutas y toda clase de provisiones […] El grueso de nuestro ejército siguió pausadamente la marcha y probablemente descansó una parte de la noche en medio camino pero nuestra columna marchó sin cesar; de modo que antes de rayar el día, estuvimos a la vista de Puesto del Marqués. Éste no consiste sino en unos cuantos ranchos en medio de una extensa y árida llanura, como lo son las de aquellos frígidos lugares […] Desplegada nuestra línea, se movió avanzando y muy luego más de mil hombres de caballería se golpearon la boca (como se dice vulgarmente) y dando terribles alaridos, se lanzaron sobre trescientos enemigos sorprendidos y apenas despiertos: la victoria no era difícil pero la carnicería fue bárbara y horrorosa”.

Por su lado, el brigadier Joaquín de la Pezuela, en su “Memoria Militar” refiere, tras citar las numerosas adversidades sufridas a causa del accionar de los insurgentes altoperuanos: “….y el infame Rondeau quebrando el término de la suspensión de hostilidades a los seis días de haber llegado [Martín] Rodríguez a su compañía, se puso en marcha con todo su ejército para venir a atacarme ejecutándolo en Puesto del Marqués el 14 de abril con mi primera avanzada que consistía en el Escuadrón 2° Cazadores, del mando del teniente coronel don Antonio Vigil cuya fuerza de 200 hombres fue atacada por más de 700 de caballería enemiga y un batallón de infantería, haciendo Vigil sin embargo una defensa la más heroica, tanto para mantener su puesto, como lo consiguió más de dos horas, como en su retirada de más de cuatro leguas siempre batiéndose con los enemigos aunque le quedó muy poca gente, pues perdió 7 oficiales, 140 hombres de tropa…”.

El colofón de la trágica jornada para las armas del Rey fue “el chocante espectáculo de 1500 hombres dispersos que mataban rendidos, se entregaban a la borrachera, gritaban, corrían y se conducían a su arbitrio”, describió el general Paz.

Jujeños en Puesto del Marqués

Se batieron en la acción al menos doscientos jujeños, de los que han quedado registrados unos pocos nombres, entre ellos, el tilcareño Manuel Álvarez Prado, jefe de fuerzas gauchas que operaban en la Quebrada de Humahuaca. Habiendo tomado parte en las luchas por la independencia desde 1810, en 1815 Álvarez Prado está incorporado al cuerpo de milicias que se integra al Ejército Auxiliador del Perú al mando del general Rondeau. Tras combatir en Puesto del Marqués, y tomando una postura distinta a la de Güemes, seguirá marcha al norte, actuando en las batallas de Venta y Media y Sipe Sipe, así como en las acciones posteriores de la caballería gaucha, apoyando la retirada del ejército patriota hasta hacer pie en Humahuaca.

Eustaquio Medina, capitán de Güemes en el Río Negro (actuales San Pedro, Ledesma y Santa Bárbara) y coronel graduado del Ejército Auxiliar, estuvo en las tres campañas al Alto Perú y combatió en Puesto del Marqués.

José Mariano Iturbe, uno de los “Decididos” de 1812, es otro de los jujeños que se batieron el 14 de abril de 1815 y resultó herido en la acción . Pasó con las fuerzas de Rondeau al Alto Perú, donde intervino en las acciones de Venta y Media y Sipe Sipe y de regreso a Jujuy, se sumó a los escuadrones de gauchos que pelearon hasta la finalización de la Guerra de la Independencia.

Los hermanos José Eustaquio y Domingo de Iriarte, que se habían incorporado como “Decididos” en el ejército del general Belgrano, están también en la lista. José Eustaquio había sido ascendido a capitán efectivo de la Segunda Compañía Auxiliar del Regimiento “Partidarios de Jujuy” cuando peleó en el combate de Puesto del Marqués. Domingo, ascendido a capitán en 1814 por su actuación durante la resistencia y hostigamiento a las tropas de Pezuela que habían invadido Jujuy y Salta, integró las milicias dirigidas por Güemes desde el comienzo de la “guerra de recursos”.

José Francisco “Pachi” Gorriti participó con 300 gauchos, integrantes del cuerpo de milicias voluntarias que había formado en su finca de Horcones, Rosario de la Frontera (Salta) y que fue la primera base de apoyo de Güemes en la Guerra Gaucha iniciada en 1814.

El capitán indígena Diego Cala, natural de Puesto del Marqués, prestó su conocimiento del lugar al general Fernández de la Cruz al planificarse el golpe contra Vigil. Cala era uno de los jefes del coronel Juan José Fernández Campero, también conocido como el “marqués de Yavi”, que desde 1813 se había volcado al bando revolucionario, aportando su cuantiosa fortuna a la manutención y equipamiento del ejército patriota. Según algunos historiadores como Yaben, Fernández Campero estuvo en Puesto del Marqués, pero no está mencionado en el parte del combate. Rondeau, en sus memorias, señala que al llegar a Humahuaca se instaló en una hacienda del “marqués de Yavi”.

Consecuencias

La victoria de Puesto del Marqués tuvo consecuencias relevantes para la marcha de la guerra en el paradojal momento en que el director supremo Carlos de Alvear, renunciando a la causa de la independencia nacional, ofrecía a la corona británica hacer un protectorado de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Por un lado, el triunfo logrado en tierra jujeña dejaba expedito para el general Rondeau el camino al Alto Perú, si bien se había perdido la extraordinaria oportunidad de derrotar completamente y de una sola vez a los realistas, los que luego del grave revés abandonaron precipitadamente Yavi, Santiago de Cotagaita, Potosí, Chuquisaca y Chayanta, replegándose hacia Oruro. Se abría así la tercera y última campaña de los ejércitos de las Provincias Unidas al Alto Perú, pocos meses después malograda con las derrotas de Venta y Media y Sipe Sipe, que implicaron la pérdida definitiva de estos territorios para la revolución rioplatense.

Al mismo tiempo, las oscuras negociaciones en torno a la “pacificación” con Pezuela entabladas entre el Directorio y Martín Rodríguez, que tanto habían dado que hablar dentro y fuera del ejército, se hacían añicos. Le cabría a Güemes, con su decidida participación en el combate, el mérito de haber roto aquel “nudo gordiano”.

Con razón decía Güemes en una carta de setiembre de 1815 al director interino Álvarez Thomas: “Aquí, en esta provincia de Salta, tiene V.E. cuatro a cinco mil campeones abrazados con el sagrado fuego de la libertad de la patria, y altamente entusiasmados con el patriotismo más puro e incorruptible. Están acostumbrados a vencer. No parezca hipérbole que diga a V.E. que su valor ha sido tan notorio, tan acreditado y tan heroico, que merece más bien la admiración que la imitación. El Perú, que decía Abascal lo tenía cerrado con tan fuertes y gruesas aldabas que ni las fuerzas de Hércules podrían quebrarlas, las rompieron como debilísima tela de araña. Expelieron a los enemigos de esta ciudad y la de Jujuy y con la batalla de Puesto Grande los forzaron a desocupar las provincias de Potosí y Charcas, sin que el Ejército Auxiliador tuviese la pérdida de un solo soldado, o descargase un tiro de fusil”.

El triunfo de Puesto del Marqués tuvo asimismo implicancias dentro de la política interna de las Provincias Unidas, la principal de las cuales fue el acrecentamiento del prestigio militar y la consolidación del poder de Güemes en la región. La historiadora Sara Matas de López destaca que en Puesto del Marqués el líder salteño nuevamente toma la iniciativa y actúa por decisión personal, aprovechando hábilmente la oportunidad que se presenta para demostrar la capacidad de sus fuerzas en plena puja con Rondeau, que recela de ese creciente poder paralelo formado por el paisanaje movilizado.

Tras el combate, molesto con los jefes porteños, Güemes se retiró a Salta con su tropa y se hizo elegir gobernador intendente de la provincia por el Cabildo de esa ciudad, cargo que desempeñaría con mano dura hasta su muerte en 1821.

Los celosos jujeños le reconocieron sus méritos en la victoria, como queda de manifiesto en un acta del Cabildo de Jujuy del 9 de mayo de 1815, donde se expresa que el coronel Martín Miguel de Güemes “ciudadano servidor a la patria que ha expuesto su pecho al rigor del enemigo desde los principios de nuestra regeneración política hasta el último combate que él ha dado en la acción del Puesto Grande, ha sido un libertador de las ciudades de Salta y Jujuy […]”, aunque a cartón seguido se quejaban por no habérseles dado ninguna participación en la elección del mandatario, cuestión que daría origen a un grave conflicto institucional entre ambas jurisdicciones.

Por una ironía del destino, el mismo día en que se libraba el combate de Puesto del Marqués en la lejana Jujuy, caía el director Carlos de Alvear en medio de un escándalo político de inmensas proporciones y tres días después se podía ver flamear en el Fuerte de Buenos Aires la bandera celeste y blanca en lugar del pabellón real. En sus “Memorias Curiosas”, escribía Juan Manuel Beruti: “Este nuevo día amaneció […] puesta en el asta de la Fortaleza, la Bandera de la Patria, celeste y blanca, primera vez que en ella se puso, pues hasta entonces no se ponía otra sino la española cuya bandera la hizo poner el Comandante de la Fortaleza, que el día antes fue nombrado para su cuidado y defensa, el Coronel Luis Beruti, con lo cual entusiasmó sobremanera el pueblo en su defensa, y desde este día ya no se pone otra sino la de la Patria” .

El programa de la Independencia recobraba así energía después de tantas negaciones e intrigas al más alto nivel de las decisiones políticas y militares del país, y a espaldas de la opinión de los pueblos que sufrían en carne propia las invasiones de las legiones realistas.

El Cabildo de Jujuy, en una asamblea popular llevada a cabo el 17 de mayo de 1815, prestó asentimiento a la designación del reemplazante de Alvear “con la condición de que jamás perjudicará los derechos imprescriptibles de los pueblos” y advirtiendo que el primer deber del nuevo director era convocar a diputados en un plazo de seis meses para constituir el Congreso nacional “suspirado”, o sea el que declarase, por fin, la independencia de la Provincias Unidas.

Escuchando los clamores, el director interino Ignacio Álvarez Thomas llamó al Congreso de Tucumán que inauguró sus sesiones en marzo de 1816, declarando el 9 de julio la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica no sólo del rey de España, Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, sino de “toda otra dominación extranjera”.

Detalle de Infografía del Combate de Puesto del Marqués.

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Extractado del libro de Irene Ballatore: “Combate de Puesto del Marqués, Jujuy, 14 de abril de 1815. Colonia o patria soberana”.