Se cumplen doscientos años de un audaz intento de reconquista de Jujuy

Plaza Belgrano, escenario del intento de reconquista del que hoy se cumplen doscientos años.

A poco de la victoria de Tucumán (24 de septiembre de 1812), una pequeña tropa de ochenta hombres al mando del capitán Cornelio Zelaya, el mismo militar que había cuidado la retaguardia del Éxodo, intentó recuperar Jujuy que había quedado en manos del ejército del Rey desde agosto. El 9 de octubre se luchó vigorosamente en las trincheras que se habían cavado en las calles del pueblo pero la resistencia de los realistas y la escasez de municiones de la pequeña fuerza patriota, hicieron abandonar el intento.

Zelaya, una figura olvidada en Jujuy pero que alcanzó un protagonismo destacado en la guerra de la Independencia en particular durante los años 12 y 13, venía de dar un exitoso golpe a una partida del ejército realista en Las Piedras, el 30 de septiembre de 1812.

En el parte  que eleva al mayor general Eustaquio Díaz Vélez, relata que el 2 de octubre de 1812 recibe la orden de pasar a Jujuy, haciendo los mayores esfuerzos a fin de “apoderarme de las municiones y el dinero” que había en esa plaza, custodiada por el comandante realista Indalecio González de Socasa.

Luego de aprovisionarse de cabalgaduras y fabricar balas de onzas y cartuchos, ya que en Las Piedras había utilizado casi todos sus insumos, Zelaya marcha desde Salta y el 9 de octubre se sitúa a media legua de distancia del pueblo de Jujuy, intimando rendición al jefe realista. “El invicto señor general en jefe del Ejército vencedor de la patria, don Manuel Belgrano, se ha servido destinarme a que ocupe ese pueblo con 300 valerosos soldados y peritos oficiales”, decía en la intimación, exagerando la cantidad de tropa que en realidad no pasaba de ochenta dragones. Y agrega: “Me es muy doloroso tener que derramar la sangre no solo de los que se han empeñado en esclavizar a la América, sino también la de aquellos que contra su voluntad han tomado las armas obligados de la fuerza para defender su propia esclavitud…”.

La intimación fue rechazada por Socasa, quien le asegura que “teniendo como considero fuerzas suficientes para la defensa, no me sería lícito ni libre de crimen para con mis jefes una tal conducta, en cuyo supuesto, y porque no se le ocultarán a un oficial de carácter y honor que reside en Usted las demás consideraciones en apoyo de mi negativa, espero desista de su propósito en obsequio de la humanidad, la que hallarán en mí todos los individuos de su mando si me toca la suerte de vencer”.

Zelaya manda una guerrilla de veinte hombres al mando del capitán Eustaquio Moldes, de los cuales diez a cargo del teniente Toribio Reyes, debían ocupar balcones de la casa de Gorriti y tejados situados a una cuadra de la trinchera, donde los esperaban, silenciosos, los enemigos.

“No se veía un hombre en todo el pueblo porque todos estaban metidos en la trinchera que la tenían en la cuadra de Gordaliza, cerradas las dos bocacalles y puesto un cañón en cada una”, describe el jefe patriota.

“Luego que llegué a la plaza, –sigue reseñando- mandé echar pie a tierra a toda la gente, dejando montada una partida de sus hombres para que corriesen y observasen los movimientos del pueblo y con el resto que me quedo, rompí el fuego desde la plaza, que dista una cuadra de la trinchera”.

El fuego de los patriotas “hacía bastantes estragos a los enemigos” y desde las doce del mediodía hasta después de la una y media “nos mantuvimos en esta forma haciendo fuego de una y otra parte sin que ellos osasen salir de sus trincheras”, anota Zelaya en el parte del combate.

Viendo que la situación se estancaba y se le acababan las municiones, ordena a las partidas que se hallaban en los altos replegarse a la plaza y desde allí manda entrar por tres puntos hasta penetrar en las trincheras, para lo cual dispone que el capitán Antonino Rodríguez entrase con diez hombres por la “calle detrás de la Catedral”; Moldes por la de San Francisco y el resto de la gente por “el frente de la trinchera que caía a la plaza”.  Dice Zelaya que a una descarga que él hiciera, estaba convenido que los hombres atacaran, pero “el ardor con que estaban los oficiales y tropa, no me dio lugar a hacer la señal expresada pues avanzaron con la mayor intrepidez hacia la misma trinchera, la cual desampararon los enemigos, recostándose sobre la opuesta de donde hacían fuego más activo, como igualmente lo hacían los europeos que estaban en los balcones, pues hasta con tejas y ladrillos nos incomodaban”.

El fuego hirió al capitán Moldes y a tres soldados “y a mí me llevó una bala un retazo de casaca”, escribe el jefe patriota. La otra partida al mando del capitán Rodríguez huía precipitadamente pero fue contenida en la plaza por Zelaya. “Conociendo en sus semblantes que estaban un tanto acobardados, me retiré a corta distancia del pueblo, donde mandé al capitán Rodríguez pasase una revista de municiones y solo se pudieron completar de las que habían quedado a tres cartuchos por hombre”, describe.

Considerando que el estado de la tropa realista era más crítica que la propia, el capitán Zelaya intima nuevamente a rendición, pero Socasa insiste: “por el bien de la humanidad debe ceder Usted de su empeño pues no sé sobre qué funde el atributo de victorioso en las armas cuando han sido rechazados por las del Rey”.

Sin municiones suficientes para seguir sosteniendo el ataque, las partidas patriotas se retiran con los prisioneros y con más de doscientos animales, entre mulas y caballos.

Los partes consignan que la tropa de Zelaya perdió ocho soldados y tuvo igual cantidad de heridos, mientras que los realistas sufrieron más de veinte bajas.

En un oficio al Gobierno de Buenos Aires con fecha 17 de octubre de 1812, el general Manuel Belgrano  defiende la actuación de Zelaya en Jujuy: “esta –dice- es una acción que si se hubiese conseguido iba a decirnos mucho pues tomaba todos los caudales y municiones del enemigo; no se consiguió y entra el discurso a degradar al que la emprende porque por desagracia solo se  juzgado por los resultados”.

En líneas que trasuntan indignación, el General afirma: “…lo que importa y no me cansaré de decirle a Vuestra excelencia son los auxilios, de gente, pólvora y dinero, y si es posible, que vuelen para seguir operando, y que no vayamos a comprometer de nuevo a los infelices del interior y no menos para asegurarnos de lo que tenemos y que en balde es cansarse; no se puede salvar (a la Patria) sino a fuerza de armas, en todo evento”.

El historiador Joaquín Carrillo escribió que tras el frustrado intento de reconquista, el valeroso Zelaya volvió a Tucumán, donde Belgrano preparaba el ejército para la otra gran victoria de Salta: “dejaron además en la conciencia de los pueblos que atravesaron anunciando los gloriosos triunfos de nuestras armas, la seguridad de que no prevalecería el dominio de las tiranías sobre pueblos decididos a echar de sí la carga de una esclavitud humillante y que el secreto de la fuerza nace de la decisión y el entusiasmo”.

Recién en marzo de 1813, se lograba recuperar Jujuy.

 

Fuentes:

Carrillo, Joaquín:  Jujuy, Apuntes de su historia civil.
Rojas, Ricardo: Archivo Capitular de Jujuy.
Documentos para la Historia del General Manuel Belgrano, Instituto Nacional Belgraniano.
Grenni, Luis: Jujuy en la gesta por la Independencia 1810-1825.