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El Éxodo y la Bandera de la Libertad Civil

La Bandera de la Libertad Civil, que los jujeños atesoran en la Casa de Gobierno.

Por  Miguel Carrillo Bascary, presidente del Instituto Belgraniano de Rosario.

Sabemos que en 1812 Belgrano recibió en Jujuy un ejército deshecho por las derrotas que lo habían precedido. El sólido avance realista amenazaba arrasar aún con estos restos y abrir las provincias interiores al paso vencedor de la reacción colonialista, que aspiraba aplastar en sangre a la Revolución y al gobierno formado en Bs. Aires.
Belgrano no tenía opciones cuando recibió del Gobierno la perentoria orden de intentar preservar las fuerzas bajo su mando retrocediendo para intentar hacerse fuerte en Córdoba.
Fue entonces cuando mandó despoblar el territorio jujeño, arrasar cuanto podía servir al invasor. No importaron los intereses personales. La orden fue terminante, sin exclusiones. A su proclama las plazas vacantes en sus regimientos se cubrieron con los hijos de esa tierra mártir. Los paisanos formaron, una vez más, en sus escuadrones milicianos. Los jóvenes citadinos, muchos casi niños, se enlistaron en el cuerpo de los “Decididos”. Las mujeres sumaron su sacrificio de mil maneras. Los pueblos originarios también dieron lo suyo, eran parte misma de las milicias y de aquella sufrida población. Surgió así un verdadero pueblo en armas. Pero no bastaba.
En medio de privaciones sin cuento; permanentemente hostilizados por la avanzadas realistas, el 23 de agosto de 1812 todo Jujuy marchó hacia el destierro. Dejaba jirones de vidas y sentires entre los espinos del camino. Su gente marchaba angustiada por el temor; con una sed insaciable incrementada por la polvareda del ganado arriado y de miles de pies llagados que golpeaban el suelo con cadencia estremecedora. Los jujeños iban ateridos por los rigores del frío nocturnal y se calcinaban bajo el abrasador sol de las jornadas.
Por si fuera poco lo que no pudo llevarse se dio a las llamas; se envenenaron los pozos; se demolieron paredes y se dispersó la hacienda que no pudo llevarse. Hasta las iglesias quedaron desnudas; sus campanas callaron y se fundieron para hacer carronadas.
Sabemos hoy como terminó aquello. En otro providencial gesto de rebeldía Belgrano dio batalla en Tucumán. Fue a todo o nada. Una derrota habría ocasionado el degüello de toda la población. En cuanto a su persona, en el caso de escapar de los realistas, se le fusilaría por desobedecer las precisas y directas órdenes del Gobierno. Conocemos que el 24 de septiembre de 1812 aquel ejército del pueblo y su Comandante prevalecieron de la adversidad y triunfaron armas en mano. Fue un “milagro de la Virgen de la Merced”, dijeron los protagonistas; hemos de creerles.
También sabemos hoy que el logro de Tucumán literalmente salvó la Revolución americana. El Éxodo no fue una simple operación militar, fue una gesta popular. Si no hubiera mediado la decisión favorable de los jujeños, la rebelión de la población no podría haberse dominado con el débil poder militar al alcance de su general.
Con Tucumán finalizó el Éxodo, pero no sus secuelas. Mucho se perdió, insanablemente. Demasiadas vidas; inmenso capital y hasta gran parte de los archivos oficiales. El retorno fue una pena inenarrable, todo debía reconstruirse. Jujuy quedó libre, pero agotada; destrozada, contando solo con la esperanza.
Mientras tanto, la libertad continental parecía al alcance de la mano. El rechazo a las fuerzas realistas en el Norte y otros acontecimientos favorables crearon un clima que auguraba la definitiva independencia del poder colonial. Se convocó a los pueblos del antiguo Virreinato y al comenzar febrero de 1813 se reunió en Buenos Aires la Soberana Asamblea General Constituyente; su nombre nos lo dice todo.
En los meses siguientes la Asamblea dispuso una serie de medidas que arrumbaron la máscara de fidelidad a una monarquía agotada. Adoptó un escudo y un himno nacional; ordenó celebrar el 25 de Mayo (1); el retiro de los atributos reales de la vida cotidiana; la libertad de vientres; reformó el régimen judicial; abolió los títulos de nobleza y dispuso otras medidas que permitieron respirar libertad por primera vez en tres siglos. Los años del Rey y del vasallaje habían pasado; llegaba el tiempo de un nuevo protagonista social en la historia americana: los pueblos de América.

El lauro: una nueva bandera

Cuando se aceraba la tercera memoria del Pronunciamiento de Mayo, el pueblo de Jujuy, templado en la lucha, se agitaba ante la perspectiva aunque mucho faltara aún para alcanzar la definitiva liberación del yugo colonial. Otras siete veces más vería Jujuy invadido su territorio por las fuerzas realistas. Muchísimo era lo ya dado a la Patria. Mucho más le sería reclamado.
En este contexto local se debió cumplir el decreto del Triunvirato, fechado el 12 de mayo de 1812 (2), que había dispuesto:
“celebrar el aniversario de nuestra libertad civil con dignidad y de un modo correspondiente a la grandeza del asunto …”, al par que disponía: la manumisión de esclavos; iluminación de la ciudad; fuegos artificiales; rezo del Te Deum; reparto de dinero a inválidos, huérfanos y viudas; así como otorgamiento de dotes para niñas pobres casaderas.
Esto implicó la suspensión del tradicional “paseo del Estandarte Real”, símbolo físico del poder monárquico, sustituyéndolo por “una demostración más digna y análoga a nuestra regeneración  civil” (3). La circunstancia dio pie para que el General Belgrano dispusiera el magno acto de la bendición; solemne juramento y entrega a su Ejército de la nueva Bandera, como veremos.

Un año más tarde, al aproximarse el 25 de Mayo, la autoridad local, el Cabildo de Jujuy, quiso satisfacer la efervescencia patriótica y se dirigió a su Capitán y Gobernador general pidiéndole prestada la bandera de su Ejército triunfador, la celeste y blanca que lo caracterizaba. Se quería pasearla en triunfo por las calles jujeñas para exacerbar así el ánimo revolucionario.
Este gesto entrañaba un profundo significado social, pues sustituía definitivamente el homenaje que solía tributarse al Monarca, representado por el Estandarte real que se paseaba por las calles en fechas solemnes. Este era un explícito acto de la soberanía real que a partir de 1813 sería reemplazado por el reconocimiento de la soberanía popular, evidenciada en la bandera de la Patria, que aún no contaba con la aprobación formal de las autoridades criollas, pero que evidenciaba el sentir de aquellos pueblos.
El Prócer respondió a la solicitud positivamente, facilitó al Cabildo la enseña del Ejército, bendecida y jurada el año anterior, pero también sumó un gesto de enorme trascendencia que doscientos años más tarde sirve de fundamento a esta presentación: mandó confeccionar otra bandera, enteramente blanca, con el sello de la Asamblea Constituyente pintado en su raso (4), anticipándose a la vocación independentista que conllevaba aquella gran corporación cívica reunida en Buenos Aires (5).
La elección del albo color no fue un capricho. Numerosos actos de Belgrano indican que conocía de Heráldica, disciplina que llama al blanco “plata”. Así se hacía evidente la correspondencia entre el color de la divisa y el nombre de la nación que alboreaba: las “Provincias Unidas del Plata”. Con el tiempo aquel escudo aprobado por la Asamblea en 1813 se erigió en el blasón patriótico de una nueva nación, a la que todavía identifica.
Con su gesto Belgrano intuyó la significancia profunda de aquel símbolo, centrado en el gorro de la libertad rematado en la mascaypacha (6), que aludía al poder incaico redimido; las manos entrelazadas, claro signo de la hermandad y de la igualdad democrática, cimiento de los derechos humanos; sosteniendo la pica, elemental arma del pueblo llano; todo sobre celeste y blanco (colores con los que ya se reconocían los patriotas). El conjunto aparece timbrado por dos ramas del laurel de la gloria conquistada en Suipacha; ambas Piedras; El Cerrito; Tucumán, y Salta ; unidas por el lemisco (7) rojo, en recuerdo de la sangre vertida y del sacrificio realizado; mientras que toda la alegoría es presidida por el sol naciente, que patentiza la trascendencias del astro para las culturas originarias en donde entronca nuestra nación y su amanecer en el concierto internacional de la época. Tal es la “Bandera nacional de la libertad civil” (8).

Así, el 25 de mayo de 1813, concluido el Te Deum, Belgrano presentó esa nueva bandera y después la entregó al Cabildo de Jujuy; auténtica representación política del pueblo jujeño. Asimismo la hizo bendecir solemnemente, lo que en la religiosidad que profesaba tiene el profundo significado de remarcar el valor del símbolo; más aún todavía, ante la consideración de un pueblo, también culturalmente creyente.
Era su forma de reconocer los ingentes esfuerzos realizados por Jujuy en las luchas por la libertad y, en especial el heroísmo que caracterizó al Éxodo de meses antes. El propio Belgrano lo explicitó  diciendo que entregó ese lábaro para que se:
“conservara el honor y el valor que habían manifestado los dignos hijos de esta ciudad (Jujuy) y su jurisdicción que habían servido en mi compañía en las acciones de 24 de septiembre (Tucumán) y 20 de febrero (Salta)”

Se trató de una nueva bandera surgida de su fértil inspiración, para nada incompatible con la blanca y celeste que hiciera bendecir un año antes y que empleaba su Ejército. Como lo señala Francisco Pico, teniente gobernador de Jujuy (9), la misma estuvo:
“librada a la expectación pública todo el día en la galería del Cabildo, vítores y aclamaciones solo han resonado en este pueblo, en vista de tan majestuoso respetable acto, la alegría y contento se veía renacer en los semblantes de estos beneméritos vecinos recordando en unión el memorable día de nuestra libertad política”.

Así se selló el ya entrañable vínculo entre Belgrano y Jujuy, lazo que se agiganta con la marcha de la Historia hasta llegar al presente.
Dijo el primer historiador jujeño (10),  :cuyos estudios son aún muy citados y que mantiene vigencia centenaria:
“Aquel venerado depósito, hecho con el cariño paternal que el ilustre Ciudadano manifestó a los jujeños, a los que si tuvo que imponerles enérgica firmeza en los sacrificios a los que los sometió el día del peligro, tenía también sensible su alma al reconocimiento de la virtud de ese pueblo o del mérito de sus hijos que fueron sus mejores soldados”.

La Protobandera de soberanía

Considerando el contexto en que surgió la enseña legada se puede afirmar que no se trató de un “escudo amplificado”, ni una “pancarta”, menos aún era un simple “estandarte cívico” de circunstancias, como alguna vez se la llamó con cierta ligereza. Los protagonistas de entonces, principalmente el mismísimo General Belgrano, reiteradamente se refieren a ella con el término “bandera”. Esto consta en numerosos documentos oficiales. No le cabe ningún otro apelativo y menos el de “estandarte” con que algunos autores, principalmente aquellos identificados con el liberalismo han pretendido restar importancia y significación a la reliquia,

El mismo asiento del acta capitular (29 de mayo de 1813), donde obra su recepción formal, da cuenta que se trata de una “bandera”. Este es un documento público, de enorme significación, que está firmado por todos los miembros presentes del Cabildo jujeño, resaltando así la solemnidad y la trascendencia del acto. Como bien lo señaló otro historiador jujeño (11) “dicha bandera se denomina Bandera nacional de nuestra libertad civil”.
En el acta del Cabildo jujeño del 29 de mayo de 1813 puede leerse:
“se dignó el señor General en Jefe del Ejército Auxiliar (Auxiliador) Don Manuel Belgrano, ceder y poner en manos de este Ayuntamiento la Bandera Nacional (de nuestra libertad civil)”.

La última frase entre paréntesis aparece en el texto agregada entre líneas. Esta adición debe considerarse como una verdadera “interpretación auténtica”  efectuada con el especial propósito de remediar una omisión, lo que de hecho destaca la importancia del agregado. A propósito de esta entrelineas volveré a citar aquí las palabras de Cicarelli :
“el interlineado marca y precisa el valor histórico del emblema, puesto que se interlinea cuando, completando el texto y antes de su firma, los protagonistas de los hechos que se traducen en escritura, advierten la omisión, de lo inserto, se salva y recién entonces se firma” (12).
La claridad del concepto y su significado no demanda mayor abundamiento.
Corresponde ahora inquirir que se entendía por “libertad civil” en la época. Tras el análisis de diversas menciones respondemos que equivale al concepto que hoy llamamos “estado de Derecho”, entendiendo como tal el que resulta de la plena vigencia de la igualdad cívica y de los derechos humanos, resulta del ejercicio de la democracia y se traduce en la procura del bien común.
El concepto también se expresa en otros escritos, bajo el apelativo “regeneración civil”, aludiendo a la superación del régimen de dominación española donde el arbitrio del Monarca no reconocía la igualdad cívica ni limite alguno al ejercicio del poder, mientras que los derechos humanos eran una abstracción ante las facultades omnímodas del rey.

Por ello, la enseña que ideó Belgrano en 1813 adquiere una dimensión enorme, que nos permite caracterizarla como protobandera del Estado nacional constituido, tal como se reflejaba en el escudo adoptado por la Asamblea Constituyente del Año XIII (13).
Reiteramos aquí, que por en 1812 la Patria carecía de una bandera formal, pero esta, la de Jujuy, portaba el emblema de la Asamblea como autoridad soberana representativa de todos los pueblos; evidencia de la libertad y de la identidad de la nación en ciernes. Así, el lábaro corporizaba a la propia Asamblea, tal como en el pasado el Estandarte real lo hizo con el Monarca.
Uno de los versos de la “Marcha Patriótica” (luego Himno Nacional) consagrada oficialmente por la Asamblea, plasmaba con toda decisión el clima político del momento, como prolegómeno de la independencia. Aquella letra proclamaba:
“Se levanta a la faz de la Tierra
una nueva y gloriosa Nación,
coronada su sien de laureles
y a sus plantas rendido, un León”

Volvamos a los hechos. El Directorio (Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas), enterado por Belgrano de la creación de esta nueva bandera  que incorporaba el escudo de la Asamblea, esta vez no la desaprobó. El gesto tiene un valor enorme para nuestra propuesta, como se confirma con la cita que se consigna seguidamente. Implica nada más ni nada menos que aceptó tácitamente su uso, no sin señalar (14)  que:
“como la innovación del estandarte es una institución constitucional, hemos consultado esta ocurrencia a la Soberana Asamblea”.

Similar reserva surge del oficio que el Ejecutivo dirigió al Teniente Gobernador jujeño (15), en los siguientes términos:
“Quedamos impuestos … (que) en lugar del pendón (real), paseándose en esa ciudad, en celebridad del día grande de nuestra libertad (25 de Mayo) una bandera blanca y azul y bendecida otra que, con el escudo de armas de la Asamblea General, donó el general don Manuel Belgrano” (16).

Perdidas las actas de la Soberana Corporación hasta el momento no existe ninguna constancia de que haya rechazado el emblema. Nada dice tampoco el periódico “El Redactor”, órgano oficial de aquella. Ningún comentario aparece en la prensa de la época.
Tal silencio, lejos de controvertir al nuevo símbolo constituye un aporte más para presumir que la Asamblea admitió, también tácitamente, a la “Bandera de la libertad civil”.
No es aventurado colegir que en la primera mitad de 1813 la Asamblea esperaba declarar la independencia; sancionar una constitución y, en su texto, seguramente, definir formalmente los símbolos de la nueva nación. Al no alcanzarse el primer propósito, primero dilató el pronunciamiento sobre la iniciativa de Belgrano y, finalmente, nada pudo avanzarse con relación a los símbolos.
Estos hechos validan aún más la tesis de que la “Bandera de la libertad civil” fue una clara manifestación de soberanía.
La bandera legada por Belgrano valora, jerarquiza, enaltece la acción invisible de miles de personas anónimas que posibilitan los grandes hechos, con la sumatoria de sus esfuerzos y sacrificios; es imagen de la simiente destinada a destruirse en los surcos para que llegado el tiempo oportuno afloren los frutos de la cosecha que alimente un nuevo ciclo natural.
Las vidas de miles de ignotos ciudadanos, jóvenes y viejos; pobres y ricos; cultos e iletrados; hombres y mujeres; poseen un heroísmo comparable al desplegado en el campo de batalla, sin los ribetes espectaculares de las victorias militares pero con similares merecimientos del triunfo constante sobre las miserias de la condición humana. Estos lauros también corresponden que se escriban tanto con la sangre de la vida oblada en el silencio de lo cotidiano y como la alcanzada con las armas en la mano. Como lo hicieron aquellos bravos jujeños de 1812 y 1813, en las jornadas de Tucumán, Salta y del Éxodo, que posibilitó aquellas jornadas gloriosas.

La inspiración de Belgrano nos legó a los argentinos de ayer, del hoy y del mañana la dicha de contar con una bandera que simboliza los triunfos de la civilidad, de manera que al presente nos sirva de aliento en las cosas de cada día y de emblema de esperanza para enfrentar los nuevos desafíos de nuestra Historia. De allí la trascendencia y el alto valor que corresponde dar a la reliquia.
En el tráfago de la historia nacional hay un injusto olvido de la “bandera de nuestra libertad civil”, del que por supuesto está excluido el pueblo de Jujuy. Es hora de remediarlo y el bicentenario del Éxodo que celebraremos este año, así como la inminencia de los fastos de aquellos hechos de 1813 son una ocasión inmejorable para saldar aquella cuenta de honor con nuestra Patria.

Notas
1)Ley del 5 de mayo de 1813.
2) Se difundió mediante suplemento especial de la “Gaceta Ministerial”, publicado el 15 de mayo de 1812.

3) Decreto del Triunvirato del13 de mayo de 1812.

4)  Fue pintado por Juan Balcera, a quién se abonó la suma de 12 pesos. El raso blanco fue provisto por un comerciante local, Francisco Gabriel del Portal y costó 34 pesos y 4 reales.

5) La Asamblea comenzó sus deliberaciones el 31 de enero de 1813.

6) Este término alude a una especie de pompón que usaba en su frente el Inca; era símbolo de su autoridad suprema sobre todo el Imperio. Observemos que, si la punta del gorro del escudo se hace caer sobre la frente de quién lo usara se hace palpable aquel emblema, ampliamente enraizado en la cultura originaria. Las investigaciones actuales revelan que la mascaypacha era de lana roja aunque en el escudo es dorada. Otras interpretaciones dadas al término lo representan como un bonete, similar al que obra en el escudo.

7) El “lemisco” es la cinta que une los gajos vegetales, fue símbolo de triunfo en las culturas clásicas.

8) Antiguas fotografías de la enseña demuestran que en algún momento indeterminado se le agregaron seis moños azules que hoy flanquean al escudo, aplicados sobre el paño: estas adiciones tendrían como función sujetar la bandera al fondo del marco que la preserva. Definitivamente, no son parte de la misma. Como callado homenaje a la verdad histórica, ninguna de las reproducciones actuales los prevé. Corresponde también descalificar por erróneas otras representaciones que con ligereza inexplicable sustituyen el blasón pintado en 1813 por la imagen del actual Escudo nacional; así como otras, que utilizan el emblema que porta la bandera del Ejército de los Andes.
9) Oficio de Pico a Feliciano Chiclana, titular del Poder Ejecutivo, fechado en Jujuy, el 31 de mayo de 1813.

10) Carrillo, Joaquín “Historia civil de Jujuy”. Ed. del autor. Bs. Aires, 1877;  págs. 191 y 192.
11) Cicarelli, Vicente “Belgrano y la bandera nacional  de nuestra libertad civil”. Col. de Abogados de Jujuy. Jujuy, 2002. Pág. 48.
12) Carta de Cicarelli al autor de este ensayo, fechada en Jujuy; el 11 de agosto de 1992.

13) Puede observarse que para las Fiestas Mayas de 1813 también se emplearon estandartes o banderas en las ciudades de Catamarca, Salta, Santiago del Estero; cuyos diseños, diversos al empleado en Jujuy no se han conservado. En Tucumán se usó un emblema similar a la actual bandera argentina. La originalidad del lábaro jujeño está en que se ejecutó por orden directa de Belgrano; quien, no lo olvidemos, era capitán general de todo el Norte, por ello cabe reconocerle preeminencia; además se le asignó expresamente su carácter de “nacional”, protocolizando el adjetivo en un acta capitular, lo que le confirió certeza jurídica y publicidad de acto de gobierno; mientras que las otras enseñas fueron llamadas “pendón, estandarte o bandera de la libertad” sin mayores precisiones.

14) Oficio de Belgrano al Directorio, fechado el 26 de mayo de 1813.

15) Oficio del Directorio a Pico, fechado el 10 de julio de 1813.
16) Lo encerrado entre paréntesis se agregó para un mejor entendimiento del documento.

Síntesis de los fundamentos del Anteproyecto de ley que propicia hacer reconocer como “Enseña Histórica a la Bandera Nacional de la Libertad Civil que mandó elaborar el General Belgrano como testimonio de reconocimiento al pueblo llano de la provincia de Jujuy por los sacrificios y esfuerzos en la lucha por la Emancipación nacional”, presentado en el Congreso de la Nación Argentina por el doctor Miguel Carrillo Bascary, mayo de 2012.

2 Responses to El Éxodo y la Bandera de la Libertad Civil

  1. Me parecio tan enrriquecedor como orgulloso me siento de ser jujeno y argentino exitos y viva la patria carajo!!!!!

  2. USTEDES CON MANUEL BELGRANO SON UNOS CAPOS SON BUENO Y ESPERO QUE HAGAN MAS COSAS PARA EL PAIS PORQUE SI NO LOS VOY A ODIAR CON EL ALMA