
Coronel José María Fascio, primer gobernador de Jujuy.
Fue, además, un largo proceso. La posibilidad de romper la odiosa dependencia política y económica con Salta era una aspiración ya hecha y derecha en diciembre de 1810, cuando los jujeños eligieron a su representante a la Junta de Buenos Aires. El designado diputado canónigo Juan Ignacio de Gorriti concurrió con instrucciones muy precisas al respecto, pero las vicisitudes de la Revolución no dejaron espacio para tratar el reclamo jujeño.
Escenario principal de la cruenta lucha contra los godos, Jujuy no tuvo paz hasta el año 1825, cuando en Tumusla, caserío situado al sur de la actual Bolivia, se libró el último combate de la Guerra de la Independencia. Además, hasta 1821, la influencia de Miguel Martín de Güemes en la política jujeña fue total. Numerosos documentos del Cabildo de Jujuy dan cuenta de esa relación difícil que fue sufrida por los jujeños como un permanente avasallamiento a su dignidad e intereses.
Al llegar la década de 1830, las condiciones políticas son otras. El estado nacional está disuelto desde 1820. La experiencia de organización institucional de Rivadavia, unitaria, marca un camino sin retorno en la lidia entre la clase dirigente porteña y los pueblos del interior en el intento de imponer un proyecto político y económico excluyente. Las provincias, gobernadas por caudillos, están en guerra permanente entre sí y la antinomia federal-unitario es la que define la época. El estanciero Juan Manuel de Rosas maneja los hilos de la política nacional desde Buenos Aires y el riojano Facundo Quiroga –a fuerza de montoneras más que de consensos- es el campeón del federalismo en todos los pueblos norteños. Pero la uniformidad federal impuesta en la región en 1831 a consecuencia de las victorias de Quiroga sobre los unitarios, no es absoluta y las conspiraciones pueblan las páginas de la historia de este período, particularmente en Salta. Gobernaba esta provincia el general Pablo de La Torre, miembro de una familia patricia, militar de la Independencia y dirigente federal, al igual que el gobernador de Tucumán, el general Alejandro Heredia, quien estaba sospechado de desestabilizar el gobierno del salteño con la intención de colocar en el cargo a su hermano Felipe.

General Alejandro Heredia, gobernador de Tucumán.
Pero los proyectos de Heredia no eran la única preocupación del gobernador de La Torre. Grupos unitarios dirigidos por los hermanos Gorriti y los Puch reclutaban elementos jujeños y tucumanos para intentar un golpe, que fue frustrado, y sus autores tuvieron que escapar a Bolivia. Simultáneamente en Jujuy, el partido urbano trabajaba para separarse de la jurisdicción de Salta y en la madrugada del 18 de noviembre de 1834 vecinos declararon la autonomía política y designaron gobernador al español y ex soldado realista coronel José María Fascio, quien inició la campaña sobre Salta en combinación con los tucumanos y con grupos salteños opositores al mandatario.
Invadida Salta por Tucumán y Jujuy, se desató la guerra que terminó con la derrota y posterior asesinato de de la Torre y la consolidación de la segregación jujeña, en la batalla de Castañares, el 13 de diciembre de 1834.
La causa de la autonomía había contado con el decidido apoyo del ex marqués de Yavi, teniente coronel Fernando Campero, súbdito boliviano, poderoso señor feudal, que aportó hombres y armas. La participación de Campero, dice el historiador Miguel Ángel Vergara, “encerraba el presagio de días amargos y dolorosos para Jujuy” pues el verdadero motivo de la generosidad del acaudalado caballero era colaborar con los planes de anexión del territorio jujeño a la Confederación Peruana Boliviana que ya había concebido el mariscal Andrés Santa Cruz.
Facundo Quiroga, enviado al norte por el gobernador interino de Buenos Aires, Manuel Maza, para pacificar las provincias, resolvió en enero de 1835 desconocer la independencia de Jujuy “porque hay sobrados fundamentos para temer que esta nueva Provincia haciendo uso de su emancipación y traspasando límites que debe respetar quiera incorporarse a la República limítrofe, cuyo acto sería lo mismo que la señal de guerra entre ambas repúblicas”.
Según Vergara, ciertas influencias bolivianas que tenían su origen en los planes imperialistas del presidente Santa Cruz dieron pie a la calumnia que sufrió Jujuy a comienzos de 1835, según la cual se habría separado de Salta con el propósito de anexionarse a Bolivia.
Lo cierto es que Fascio, primer gobernador de Jujuy, renunció y se le aceptó la dimisión en marzo de 1835. Al asumir Rosas su segundo gobierno en ese mismo año en medio de la conmoción por el asesinato de Facundo Quiroga, Alejandro Heredia consiguió que se reconociera a Jujuy como provincia autónoma, poniendo a su hermano Felipe en la gobernación de Salta y a Pablo Alemán en Jujuy. Así comenzaba la era del tucumano, que fue declarado “Protector” de Jujuy, Salta y Catamarca.
Estos hechos abonaron la teoría que el germen libertario jujeño fue alentado por un poder extraño, tesitura que fue rebatida por el historiador Vergara, quien ha sostenido que fue Jujuy sola la autora de su autonomía, si bien reconoce que lo que hubo fue una política sutil que buscó en la sociedad salteña, de tinte unitario, un ambiente favorable a la independencia y ofreció el empuje de sus armas para arrojar a de La Torre del gobierno.
El doctor Héctor Sánchez Iturbe, por su parte, ha señalado que el gobernador de Salta no gozaba de la simpatía de los jujeños, quienes advertían en él un intolerante a toda gestión que conllevara a que Jujuy gozara de los derechos que desde 1810 y aún pretendía: gozar de la recaudación de impuestos, tener renta propia, designar a sus autoridades, influir en su suerte sin dependencia alguna con Salta y que no se interfiriera en los negocios externos, que “eran muchos y seguramente más exitosos que los que tenían los vecinos salteños, por gozar de mayor cercanía y mejores pasos con Bolivia” y que era importante que luego de la guerra, los jujeños “tomaran nuevamente el rol que les cupo desde tiempos antiguos en el comercio y tráfico de enseres y ganados que habían perdido a partir de las derrotas de Huaqui y las sucesivas de la Segunda y de la Tercera Campaña de los ejércitos patriotas”.
Las palabras de Fascio a Heredia en una carta privada publicada por Vergara dan cuenta del espíritu que animó a aquellos hijos de Jujuy: “yo creo que Usted en su opinión particular convendrá con nosotros en la justicia que nos ha conducido a dar un paso que, si tiene algo de estrepitoso, no por eso puede llamarse ilegal. Amigo, el pueblo jujeño, con todos los demás, y a la vez más que ninguno, ha cooperado a la libertad de la República, ¿y cuál ha sido el fruto de sus esfuerzos? Vivir esclavos…”.
Irene Ballatore de la Redacción de El Libertario.
Bibliografía
Vergara Miguel Angel: “Compendio de la Historia de Jujuy”.
Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina. T 1
Ceballos, Rodolfo: “Jujuy en la memoria”.
Rosa, José María: “Historia Argentina” T. 4
Sánchez Iturbe, Manuel: “José Mariano Iturbe Gobernador de Jujuy”.
Saiquita, Normando: “Yavi, apuntes históricos”.
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Muy buen resumen, bien explicado y sencillo. Realmente una vez mas me doy cuenta por que leo siempre este diario primero.
Excelente articulo, se deberia conmemorar esta fecha com si fuera el 25 de Mayo o el 9 de Julio, sobre todo en el interior de nuestra provincia.Viva Jujuy!!
Muchas gracias por el informe, un jujeño desde las lejanas tierras de Canada. Gracias
Este articulo, pedir que lean un libro es mucho, deberían leerlo algunos diputados y demás funcionarios que parecen creer que sus cargos fueron creados por Díos y para ellos.Ignoran -no les importa en realidad- que es el fruto de años de esfuerzos de gente de aquel tiempo que se jugó vida y fortuna NO para que muchos inutiles vivan a costa del estado provincial.
Exelente articulo, felicitaciones!!
Como siempre EXCELENTE !!!
La influencia boliviana sobre la autonomía jujeña es una cuestión muy discutida. Monseñor Vergara asegura que no la hubo y que todo fue una iniciativa local, pero el antecedente de Tarija lanza la sospecha sobre si las cosas sucedieron como las describía el historiador.
La Bolivia del siglo XIX no era la misma Bolivia de ahora. En aquel entonces la partipación jujeña en el Estado boliviano colocaba a la provincia en una posición privilegiada de poder, que era muy diferente a la posición que tenía dentro de la Confederación Argentina. Santa Cruz representaba a la masonería liberal pro-inglesa, mientras que los Heredia eran el proteccionismo protonacionalista. Jujuy no llegó a ser parte de Bolivia gracias a los segundos.