Gripe porcina y cultura jujeña

Barrio Belgrano, San Salvador de Jujuy.

Barrio Belgrano, San Salvador de Jujuy.

Por Carlos Monterroso para El Libertario.com. La llegada de la gripe porcina preocupa a las autoridades y a la población. Todavía no está claro cuál es la personalidad del virus ni con qué estilo se irradia. En el caso de Jujuy la preocupación es un poco mayor, debido a las costumbres de nuestra población.

Muchos jujeños todavía siguen la inercia de la vida rural de sus ancestros y no terminan de adaptarse a las peculiaridades de la vida urbana. Quizás esto explique –en parte– que en Jujuy haya un 18% más de muertes por enfermedades infecciosas mientras que aquí hay un 35% menos de posibilidades de morir por una enfermedad cardiovascular o cáncer –20% menos– (en los tres casos, con respecto al promedio nacional, año 2006, Ministerio de Salud de la Nación).

El mayor impacto de las enfermedades infecciosas (dengue, tuberculosis, gripes) no parece ligado solamente a la pobreza sino también a la súbita urbanización de culturas tradicionalmente rurales. Jujuy tiene un 85% de población urbana –la mayor de la región–, equiparable a las provincias de Cuyo y solo superada por las provincias patagónicas y las de la pampa húmeda. Estos datos del censo 2001 ignoran la fuerte urbanización ocurrida en Jujuy en los últimos ocho años.

No hay problemas en escupir, tirar una botella vacía en cualquier lado o tener el patio lleno de tachos si usted vive en el campo. Pero en la ciudad esas conductas se multiplican por miles en pocas hectáreas; los ambientes habituales de vida son menos soleados y ventilados; la vida sedentaria y la mala alimentación debilitan el sistema autoinmune; aumenta desmesuradamente la cantidad de personas con las que se tiene contacto físico directo o indirecto; los desechos cloacales y basurales alcanzan volúmenes críticos que dificultan su natural biodegradación: el resultado es un estado sanitario propicio para la transmisión de los virus y bacterias que prefieren hospedarse en el humano. Si usted fuera virus, ¿elegiría el campo o la ciudad?

Con la llegada del cólera, hace unos años, los aguerridos agentes sanitarios jujeños tenían un dolor de cabeza cada vez que debían explicar a los campesinos quebradeños que la enfermedad les llegaba del río que les regalaba la mismísima Pachamama.

Todas las pestes de la historia se han dado en conglomerados urbanos, sin excepción. En la vida rural se conocen sólo enfermedades mortales que atacan aisladamente a una proporción relativamente baja de personas (hantavirus, picaduras de víboras y escorpiones, etc.) y sí suelen estar ligadas directamente a condiciones de pobreza estructural a la que se suma confinamiento precario semiurbano, como es el caso de algunas zonas rurales del Ramal jujeño-salteño.

A lo largo de los siglos, nuestras culturas originarias han desarrollado sistemas de vida de una profunda riqueza pero que –naturalmente– no tenían en cuenta los problemas de vivir en una ciudad, pues no vivían en ciudades ni río abajo de ellas. Las pestes actuales ponen en jaque algunos detalles muy arraigados en la cultura esencial de nuestra región. Es seguro que la cultura se adaptará a los nuevos tiempos, revitalizándose, sin riesgo de perder lo que en ella hay de profundo y valioso.