Hasta 1854 la Concepción de la virgen no fue inmaculada

Buenos Aires – (Télam, por Ana María Bertolini).- La tradición cuenta que en Lourdes, Francia, María se le apareció en 1858 a una niña y le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, algo que los escolásticos habían puesto en duda durante siglos y que Pío IX acababa de resolver en 1854 dándole una solución dogmática, porque no cabía otra.

¿Qué quiere decir Inmaculada Concepción? Significa que la virgen María fue preservada del pecado desde el primer instante de su existencia, para que Jesús tuviese una morada digna de él.

Aunque la devoción popular a esta fiesta mariana data del siglo VII en Oriente y del XI en Inglaterra, hasta la intervención papal sólo se celebró su Concepción, así, a secas.

El 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus, Pío IX proclamó que María “por un privilegio único, fue preservada de la mancha original desde el primer instante de su concepción” y a partir de ahí se va a misa a celebrar, ahora sí, a la Inmaculada.

Entre los siglos XIII y XIV los teólogos de La Sorbona y de la Universidad de Oxford se habían trenzado por esta cuestión: ¿María nació con mácula o inmaculada? Los franceses se inclinaron siempre por lo primero, los ingleses por lo segundo.

¿Cuándo fue santificada la virgen?, se preguntaban en La Sorbona, donde se recordaba que el pecado original se identifica con la carne, que corrompe y mancha el alma, y que por eso María necesitó ser purificada para poder engendrar al hijo de Dios.

Fray Alejandro de Halés se preguntó si la virgen fue santificada en sus padres, y se respondió que no, pues la santidad no podía haberse trasfundido a la carne que concibieron.

Se planteó, luego, si la carne de María fue purificada antes que su alma la infundiese, o en el mismo instante, y resolvió que tampoco, porque la carne no puede ser sujeto de santidad.

Concluyó que María fue santificada después de la concepción, antes de nacer y que, por lo tanto, su concepción no fue inmaculada.

Para san Alberto Magno, María fue concebida en pecado original pues las Escrituras, según San Pablo, enseñan “que en Adán todos pecaron” y si todos, también ella; y en “La Suma Teológica”, Santo Tomás planteó que “la Santísima Virgen contrajo ciertamente el pecado original, si bien quedó limpia de él antes del nacimiento”.

Esta doctrina contraria a la Inmaculada Concepción fue norma entre los teólogos hasta que el beato escocés Juan Duns Escoto, educado en Oxford, fue a París en 1304 para defenderla.

En esa célebre “Disputa de La Sorbona”, se le opusieron 200 argumentos, que refutó y pulverizó de tal forma que la Asamblea lo aclamó unánimemente vencedor: para Escoto María no fue concebida en pecado, debido a la perfectísima Redención de su Hijo.

“Se afirma que en Adán todos pecaron y que en Cristo y El todos fueron redimidos. Y que si todos, también Ella. Pero de modo diferente. Como hija y descendiente de Adán, María debía contraer el pecado de origen, pero redimida perfectísimamente por Cristo, no incurrió en él”, argumentó.

“Cristo no sería perfectísimo redentor, si por lo menos en un caso no redimiera de la manera más perfecta posible. Ahora bien, es posible prevenir la caída de alguno en el pecado original. Y si debía hacerlo en un caso, lo hizo en su Madre”, sostuvo.

Su argumento quedó sintetizado para la posteridad con cuatro palabras: “Potuit, decuit, ergo fecit”, es decir, “pudo, convino, luego lo hizo”. El podía hacer a su Madre Inmaculada, convenía que lo hiciera por su propia honra, y lo hizo.

El tema no convenció al padre Gerardo Renier, quien escribió: “El primer sembrador de esta herética maldad (la Inmaculada Concepción) fue Juan Duns Escoto, de la Orden Franciscana”.

A la teoría de la Inmaculada adhirieron todos los franciscanos y se le opusieron todos los dominicos, seguidores de Santo Tomás.

Siglos más tarde el Papa Pío IX tuvo que zanjar la cuestión y, según cuenta Pascual Rambla en su “Tratado popular sobre la santísima Virgen”, llegó a confiarle al cardenal Lambruschini que “no le encuentro solución humana a esta situación”.

A lo que el cardenal le respondió: “Pues busquemos una solución divina. Defina el dogma de la Inmaculada Concepción”.

El 8 de diciembre de 1854, Pío IX definió el privilegio mariano como dogma de fe, con estas palabras: “La doctrina que enseña que la bienaventurada virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, es revelada por Dios; y por lo mismo, debe creerse firme y constantemente por todos los fieles”. Y sanseacabó.
(Télam).