Bernardita y la virgen inmaculada de Lourdes

Buenos Aires – El 11 de febrero de 1858 la virgen María se le apareció por primera vez a la niña Bernardita Soubirous dentro de la cueva de Massabielle, cerca de Lourdes, Francia, y le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

A 150 años de entonces, el papa Benedicto XVI concurrió en septiembre pasado a ese lugar, segundo santuario más visitado por la grey católica, después del Vaticano.

Unos ocho millones de personas lo visitan anualmente porque sus aguas se consideran milagrosas; pero aunque miles de personas dicen haberse curado allí de alguna enfermedad, hasta el momento la Iglesia ha reconocido 67 milagros.

“La Señora me habló”, confesó Bernardita en 1861, por carta, al padre Gondrand, según relató A. Ravier en su libro “Les écrits de sainte Bernardette Soubirous” (Los escritos de santa Bernardette Soubirous).

A Bernardita la virgen se le apareció en total 18 veces y en sus pasajes más relevantes su carta dice así: “Cierto día fui a la orilla del río Gave a recoger leña con otras dos niñas. En seguida oí como un ruido. Miré a la pradera, pero los árboles no se movían. Alcé entonces la cabeza hacia la gruta y vi a una mujer vestida de blanco, con un cinturón azul celeste y sobre cada uno de sus pies, una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario (…)

“Pregunté entonces a las dos niñas si habían visto algo. Ellas lo negaron y me preguntaron si es que tenía que hacerles algún descubrimiento. Les dije que había visto a una mujer vestida de blanco, pero que no sabía de quién se trataba (…)

“Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez, y me preguntó si querría ir durante quince días. Le dije que sí, y ella añadió que debía avisar a los sacerdotes para que edificaran allí una capilla. Luego me ordenó que bebiera de la fuente (…)

Después desapareció la visión y yo me marché.

“Volví a ir allá durante quince días. La Señora se me apareció como de costumbre, menos un lunes y un viernes. Siempre me decía que advirtiera a los sacerdotes que debían edificarle una capilla, me mandaba lavarme en la fuente y rogar por la conversión de los pecadores”.

“Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y ojos al cielo, me dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
(Télam).