“La Revolución del Reloj”
El gran y olvidado escritor jujeño Daniel Ovejero es autor de un relato maravilloso, de fina ironía y magnífico humor, titulado la “Revolución del Reloj”, que cuenta cómo un gobernador de Jujuy, en algún tiempo, se quedó sin el cargo y tuvo que irse al ostracismo por haber perdido el control sobre el reloj del pueblo.
Parte del libro El terruño (Vida Jujeña)” publicado en 1942 y reeditado en 1991 por la Universidad Nacional de Jujuy, “La Revolución del Reloj” cuenta la historia del gobernador Arístides Agudo, “hombre inquieto y avispado”, que no era tonto: “comprendía que el gobierno menos resistido es el que menos gobierna”, anota Ovejero.
La acción de gobierno de Agudo -señala el autor- se desarrolló “de acuerdo a las tradiciones más respetadas y a los principios más indiscutidos y sanos: gobernador y ministro distribuyeron los cargos públicos rentados entre sus parientes (legítimos, naturales, por afinidad, ascendentes, descendientes y colaterales). Como resultara que existían más burros que pesebres se crearon nuevas reparticiones que, claro está, “hacían indispensables el progreso y las nuevas necesidades de la provincia”.
Cuenta “La Revolución del Reloj” que de haber persistido en conducta tan sensata, don Arístides hubiera terminado en santa paz su gobierno y culminado su carrera política con un preciado cargo en el Congreso nacional. Pero ello no fue así debido al “amor a las novedades que el gobernador llevaba en la sangre”.
Todo empezó cuando Agudo anunció a su ministro y amigo de la infancia (Cleto Manso) que, “aunque el pueblo se sublevara, estaba decidido a colocar un reloj público en la torre del Cabildo”.
El ministro no estuvo de acuerdo: “¡Un reloj público! ¿Para qué diablos quiere el pueblo saber la hora? Yo tengo cerca de setenta años y jamás se me ha ocurrido comprar un reloj. Para eso está el sol, y en los días nublados las gallinas que no se equivocan jamás en la hora de dormir que, en definitiva, es la única que tiene importancia. El reloj -decía Cleto Manso, es un instrumento de uso impropio en pueblos democráticos. Significa la tiranía de la hora, la disciplina intolerable del minuto, y en las verdaderas democracias, es esencial que cada uno haga lo que le baje la gana, cuándo, cómo y a la hora que se le antoje”.
El gobernador siguió adelante con su idea y después de algunos meses, llegó de Italia, acondicionado en varios cajones de roble, un vistoso reloj con cuatro esferas de fondo verdoso que marcaba las horas, las medias y los cuartos con el alegre y melodioso campanilleo de sus carillones.
El gran reloj, que venía en carreta, fue recibido por autoridades y pueblo con esmerado ceremonial, bendiciones y bombardeo pirotécnico. “El pueblo se enamoró del juguete. Nunca un gobierno fue más popular. Los campesinos, en apiñadas cabalgatas, concurrían a la ciudad a admirar el portento. Los habitantes de la Puna aguijaban sus arrias de burros y llamas a través de los altiplanos helados y las quebradas interminables, ansiosos de llegar. Una vez en el pueblo, se sentaban en cuclillas frente al Cabildo, observaban durante horas y horas la misteriosa marcha de las agujas, y escuchaban embobados el vibrante tañido de los esquilones”, escribe Ovejero.
Don Arístides, engolosinado, saboreaba la gloria y así transcurrían los meses en perfecta calma: “Agudos y Mansos engullían sin sobresaltos el presupuesto. Cura, boticario y rapista declaraban que la conducta del gobierno conciliaba el espíritu de progreso y las ideas modernas con la moral y los buenos principios tradicionales. Los opositores, muy pocos, se veían obligados a callar, porque cualquier crítica o murmuración se hubiera interpretado como un ataque al reloj, sacrilegio castigado por la impopularidad”.
Pero, dice Ovejero, la paz es, por su propia naturaleza, transitoria y a poco andar surgieron diferencias entre el gobernador y su ministro, a raíz de la elección de dos diputados nacionales que don Arístides y don Cleto querían para sus respectivas parentelas.
La pelea por las bancas terminó en un grave conflicto entre Agudos y Mansos. El ministro fue destituido “en defensa de las instituciones, la Constitución y las leyes; del buen nombre de Jujuy; del de la patria y la América del Sur”. Don Arístides se consagró después a despojar a los Mansos de sus cargos y prebendas, pero “la tarea resultó ímproba y complicada; el clan en desgracia tenía más cabezas que la Hidra de Lerna, troncos, ramas, hojas, raíces y raicillas insospechadas”, relata el escritor.
Algo inesperado ocurrió entonces: el reloj público se paró. “Calló su alegre clamoreo y sus agujas permanecieron inmóviles, detenidas a las ocho menos cuarto. Grupos de ciudadanos malhumorados -describe Ovejero- se formaban a comenzar en voz baja el suceso. Los campesinos al pasar, miraban desde sus jacas la torre silenciosa, y continuaban su camino amohinados, como un niño a quien se ha arrebatado un juguete”.
A medida que el tiempo transcurría, iban enardeciéndose los ánimos y cundiendo el espíritu de rebeldía. Poco después, el clima de revolución se había instalado en Jujuy; se escuchaban gritos hostiles y se arrojaban piedras a la casa del gobernador. Miembro de la familia Agudo que salía a la calle era seguido por una pandilla de pilletes que lo befaban, silbaban y pedían a grito herido la vuelta del ministro Cleto Manso.
“La Montaña”, el diario opositor, “publicó artículos de virulencia tal que, una noche, agentes de policía disfrazados empastelaron la imprenta”. Las denuncias iban y venían al Ministerio del Interior: los opositores alegando que en Jujuy se habían suprimido todas las garantías y que el pueblo se encontraba convulsionado, por lo que se hacía imprescindible el envío de una intervención; mientras que el Gobierno sostenía que la provincia “era una sucursal del paraíso y cuanto se decía en su contra era invención de algunos díscolos sin arraigo y huérfanos de todo calor popular”.
El ministro destituido había escapado a Salta con las llaves del reloj, de modo que nada podía hacerse. El gobernador buscó al relojero suizo que lo había instalado y a otros entendidos, pero todo fue inútil. Intentó por la vía diplomática y envió embajadores para que aplacaran con promesas a su resentido ex ministro pero don Cleto las rechazó, por “razones de principios”, según dijo.
Mientras tanto, en Jujuy la innumerable tribu de los Mansos conspiraba. Don Agatón, hermano del ministro desterrado, se puso al frente de la revolución para deponer al gobernador.
Las cosas llegarán a mayores, pues un bando y el otro se enfrentarán en las calles del pueblo: “Silban los hondazos, crece la algazara y una descarga de fusilería sacude el aire: los milicianos gubernistas han hecho fuego. Pero el estruendo los aterroriza, y el terrible culetazo que reciben de las armas sucias y viejas deja a más de uno con la clavícula molida. Y como tampoco quieren a Agudo, y en el fondo son partidarios de la revolución, se desbandan bajo una granizada de piedras”.
Los Manso han triunfado. Al día siguiente, regresa de Salta don Cleto y Agudo parte al ostracismo. “Y el reloj vuelve, cada cuarto de hora, a lanzar al espacio su claro y jubiloso campaneo”.
Ovejero concluye su magnífico relato preguntándose si estos episodios son Historia o leyenda, verdaderos o imaginados. “Los sabios -Montesquieu por ejemplo- dirían que la ‘Revolución del Reloj’ prueba que es más fácil oprimir a los hombres que herir su susceptibilidad, burlarse de sus debilidades o privarlos de su juguete. El opresor les demuestra estima; el que atenta contra sus costumbres, caprichos o niñerías, desprecio, es decir, algo que su vanidad no tolera. El modesto cronista de estos sucesos, añadiría que nunca, jamás, por ningún motivo, un gobernante debe entregar a su ministro ni a nadie las llaves del reloj”.
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Alguna semejanza con nuestra realidad provincial es mera casualidad.
Muy oportuno.
Sin embargo por los pasillos del Buen Pastor todavía retumban los nombres de la Uchepa y su enamorado. No habrá reloj que lo salve a Don Manso….