Voluntarismo
Por el Lic. Jaime Fraile para El Libertario.com. Sin ánimos de parecer maestro ciruela, estas líneas comenzarán con un par de definiciones de voluntarismo que parecen importantes, a la hora de evaluar algunos acontecimientos recientes de nuestra provincia y, por que no, de nuestro país.
El voluntarismo es “la formación de ideas o la toma de decisiones basándose en lo que resulta deseable o agradable de imaginar, en lugar de basarse en las evidencias o la racionalidad” (Wikkipedia), o bien la “actitud que funda sus previsiones más en el deseo de que se cumplan que en las posibilidades reales”. (R.A.E.)
Independientemente de ambas fuentes, lo cierto es que el voluntarismo parece ser una enfermedad que suele atacar, con extrema virulencia, a los actores políticos y sociales en la República Argentina, haciéndoles creer que todos los problemas (sociales, económicos, políticos, etc.) se pueden resolver con la magia de sus propias palabras (definición personal).
En estos días hemos asistido los jujeños a demasiados episodios de contagio de este virus, casi tantos como para comenzar a pensar en una epidemia.
La presidenta, Cristina Fernández, sin tapujos de ninguna naturaleza achaca a los “especuladores de siempre” la suba de precios, que públicamente se niega a reconocer con los dibujados números del INDEC. Estos últimos manejados al antojo del secretario Moreno, otro personaje que pretende por la vía de acuerdos de precios, fijaciones de topes, retenciones y demás medidas voluntaristas frenar la escalada.
En Jujuy, “hablando por boca de ganso”, el Gobierno vernáculo recomienda a los comprovincianos, a fin de luchar contra estos despreciables sujetos especuladores, el consumo de hortalizas y frutas lugareñas, además de la sabrosa carne de llama y cordero (sin recordarnos adecuadamente adonde encontrar estos apreciados productos a precios razonables y con las condiciones de salubridad controladas por los organismos pertinentes).
Pero el colmo del paroxismo se ha manifestado en el accionar de las organizaciones sociales y algunas gremiales en los últimos días. Se han convocado paros, movilizaciones y otras formas de protesta, además de reuniones con funcionarios públicos, con el argumento de bajar los precios de los productos básicos. Como si la disminución de los precios pudiera depender de la buena voluntad de un legislador o un funcionario de algún ministerio.
Es claramente comprensible el fondo de la protesta. Los castigados bolsillos de los jujeños ya no pueden aguantar más esta inflación, obstinadamente negada por el gobierno nacional. No podemos pretender que nuestros trabajadores y desocupados, que se movilizan por una realidad que los acucia, puedan vislumbrar el origen del problema y hallar las soluciones. Es comprensible que vayan a tocar todas las puertas y que esperen una respuesta de sus funcionarios.
Pero lo que sí es imperdonable es la demagogia. La demagogia de políticos que entienden perfectamente lo que esta pasando y que, buscando un rédito personal, prometen lo que saben no se puede cumplir y mantener en el tiempo. La ley de emergencia alimentaria o la canasta social no son más que parches en una realidad muy próxima a estallar, si no se toman medidas adecuadas, tendientes a resolver los problemas de fondo.
Y es aquí donde ya no funcionan las palabras, los decretos, las leyes, los acuerdos de precios, las fijaciones de topes, la irracionalidad a la que aludíamos al principio. Los precios suben por motivos principalmente de origen macroeconómico. Palabra difícil, si las hay. Y, peor aún, palabra devaluada en estos momentos, casi tanto como nuestra moneda respecto al euro. Palabra de los noventa, diría la Presidente.
No es hoy una cuestión de “voluntades” el resolver este acuciante problema. Este modelo económico, implementado por el gobierno nacional, no tiene entre sus prioridades económicas el control de la inflación. Prefiere hacer gala del crecimiento acelerado de los índices del PBI, de las exportaciones, de sus acuerdos salariales y de su enfrentamiento con los “oligarcas”. Y mantener una estructura estatal asistencialista, de subsidios y gasto social. Redistribución del ingreso, dice con firmeza la Presidenta.
Pero lo que en realidad se puede apreciar son grupos económicos que, al amparo del gobierno y sus subsidios a cada vez más diversas actividades económicas, o al amparo de los buenos precios internacionales de productos primarios, hacen excelentes diferencias monetarias (ganancias, en fin). Mientras tanto las economías familiares, cada día más castigadas, ven que sus ingresos no logran cubrir sus gastos y que la plata no les alcanza ya para nada.
Si esto es redistribución de ingresos, mucho no se nota. El voluntarismo no soluciona este tipo de problemas. El voluntarismo solo otorga buena prensa, pero por tan solo cinco minutos de fama. Después, la realidad estalla en las manos de los que tienen responsabilidades de gobierno.



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